Nacemos como seres rotos, incompletos e imperfectos. Vivimos una vida vacía intentando encontrar eso que falta, la última pieza.
Algunos pasan toda su vida buscándola, otros la encuentran y la rompen, incluso la pierden. Sin embargo los verdaderos afortunados las guardan y protegen, las hacen parte de sí mismos. Se completan.
Encontré mi pieza en el lugar menos esperado, el mar. Ella flotó a mi con tranquilidad, como si supiera cuál era su lugar, como si me conociera de toda la vida. No comprendí en ese momento que estaba completa, incluso antes de estarlo.
Su existencia me llenó de vida, ya no estaba rota. Esa pieza grande y poderosa sonrió, se unió a mi y fui feliz. Tan malditamente feliz.
Nacemos como piezas rotas, sí, pero se puede arreglar. Podemos arreglarnos.
Hay otras piezas rotas en el mundo que no encajan en ninguna parte hasta que encuentran su forma en otro cuerpo, otro universo.
Tengo mi pieza, mi persona, mi alma gemela.
Apareció cuando menos lo buscaba. Cuando no podía con nada, y ahora nada puede conmigo.
Ambas perdimos partes, pero nos pegamos, nos arreglamos.
Los días son brillantes y completos.
Las noches ya no son más solitarias.
Y hay unas líneas que estoy escribiendo, acá, al final. Para vos, la que me llamó Matilda.
En caso de morir solo hay una cosa que quiero que sepas… que te amo demasiado.
Y siempre voy a hacerlo.
- Para Marina
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