Hoy decidí irme, me cansé. Estaba llevando una vida muy pesada y ya no la aguantaba.
La angustia se convirtió en el peso de la humanidad, y yo era el titán Atlas quien la cargaba sobre sus hombros como un castigo. Uno que ni siquiera era mío.
Hablando de Atlas... fui tan tonta que tropecé con un viejo libro de mitología griega mientras perdía cada vez más fuerza. Sangre se derramaba de mis muñecas, dejando una línea carmesí que marcaba el camino para la siguiente persona que volviera a casa y se encontrara con esa escena. Por supuesto, hasta el último día hice desastres.
Sin querer seguir, me senté en el suelo rodeada de mis pesares teñidos de rojo.
Pobre de mi madre, pensé. La tenía difícil. Me había llamado egoísta por un pequeño error, una pequeña discusión. Y al final, la única vez que lo había sido, era ahora mientras seguía dibujando con la hoja de afeitar.
Pobre de mi mascota, me lamenté. La única que valía la pena, no sabía si alguien más la cuidaría como yo.
Pobres los paramédicos, quienes intentarían arreglar sin éxito este cuerpo que ya se había roto hace mucho tiempo.
Y... ¿pobre de mí?
No, de mí nada.
Este era mi momento. Por fin podía soltar el último chillido, mi última agonía. Sin embargo, para los demás, recién comenzaría.
-K.A. Valdez
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