La vida era aburrida para un globo desinflado, no había nada en ella. Todos estábamos sobre la tierra, atados, nadie sonreía ni se movía. Estábamos quietos, firmes.
Y un día algo pasó, un pequeño globo salió volando de nosotros.
Lo miré con extrañeza, hasta hace poco ese globo estaba en el piso, desinflado. Pero ahora estaba flotando, paseándose al rededor mientras nosotros no nos movíamos, solo mirábamos. Quería seguirlo, él puede flotar, ¿pero cómo? No estábamos acostumbrados, teníamos que quedarnos aquí... pero este globo, pequeño y medio desinflado, voló sobre nosotros con fuerza, dando vueltas y vueltas.
Un globo grande intentó tomarlo por los hilos, frenarlo. ¡qué miedo! Si salía volando podía ser peligroso. Ahora él lo hacía, debíamos detenerlo. Era aterrador verlo, no sabíamos que hacer.
Pero sus colores y sus danzas en el viento fueron captando nuestra atención, tentándonos, llamándonos. En este mundo los globos no pueden flotar, entonces uno lo hizo, y no pudimos detenerlo. Ese fue el comienzo. Tirando de nuestros hilos, él nos obligó a que lo siguiéramos.
¿Debíamos acostumbrarnos a esta nueva idea de volar por los aires, a algo que no era común para un globo desinflado? ¿O seguirlo, volar, estar junto a él?
No sé cómo, pero la respuesta fue natural, no lo pensamos. De a poco nos acostumbramos y todos comenzamos a inflarnos. Llenos, radiantes, cada uno empezó a subir de a poco mientras el pequeño flotaba encima, nos guiaba.
Cuando nos dimos cuenta todos estábamos junto a él, volando alto, atando nuestros hilos unos a otros.
Flotar era peligroso, aterrador, pero debíamos hacerlo. Teníamos que estar junto al pequeño globo y vivir todas sus aventuras. Jamás volvimos a quedarnos en el suelo, subimos y así comenzamos a flotar por la vida: juntos.
-K.A. Valdez
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