(Consigna de taller: invasión vikinga a Inglaterra)
Año 793, junio.
Dios nos había bendecido con otro día tranquilo en el monasterio. Los monjes gozaban de salud y la paz era dichosa en nuestro reino. Los pequeños pájaros cantaban, la gloria de dios nos iluminaba...
¿Pero qué era ese sonido extraño que escuchaba a lo lejos?
Nuestro monasterio se encontraba a una corta distancia de la playa, desde allí pudimos ver barcos extraños acercándose a la orilla. Le recé a Dios, pedí que fueran visitantes amistosos. Pero no recé lo suficiente alto, porque nuestro señor no me escuchó.
Poco sabia en ese momento, mientras oraba, que el mismísimo diablo tripulaba esos barcos y que sería nada más y nada menos que el comienzo de nuestro fin.
De repente algo perturbó nuestra tranquilidad, mis hermanos se alteraron. Pequeñas embarcaciones se acercaban a la costa, y los gritos no tardaron en llegar.
Los demonios del norte pisaron nuestras tierras, y desde ese momento todo fue teñido de rojo carmesí. El cielo, mar y tierra fueron manchados por los miles de seres que perecerían por sus manos. Miembros desgarrados, cabezas rodando, sangre cubriendo toda esta tierra santa. Jamás en mis peores pesadillas había visto algo tan terrorífico.
Seguí rogando a dios mientras mis hermanos y yo escapábamos de esas bestias, pero sus gritos de guerra eras más fuertes que mis plegarias.
Pise algo que explotó en pedazos, haciendo que cayera. Cuando vi mis pies, rojo teñía mi túnica, junto con pedazos de carne. Me levanté y sentí explotar una pequeña pelota donde apoyé mis manos, seguí huyendo sin mirar, porque sabía que aquello que había aplastado ya no podía ver.
Terminamos en las puertas traseras del monasterio, pocos hermanos lo lograron. Todos nos juntamos a rezar en voz alta, fuerte, para que nuestras voces en coro llegaran hasta el cielo.
- ¡Señor por favor sálvanos de esta masacre!
Nuestras plegarias fueron realmente altas, pero no logramos captar la atención del cielo, sino del infierno. Las bestias entraron por las últimas puertas, arrastrando muerte y destrucción con ellos. Llevaban una expresión de locura inhumana en su rostro, estaban cubiertos de sangre haciendo que pareciera el verdadero apocalipsis.
Este era el fin.
El hermano mayor tomo coraje y gritó que temieran la ira de dios, todos gritamos amen al unísono.
Increíblemente, una de esas bestias nos entendió y con una risa explosiva gritó:
- ¡Porque temerle a un dios cristiano cuando tenemos a nuestros propios dioses recompensando nuestra valentía! ¡Por Odín!
Entonces levantó su hacha y la cabeza del hermano mayor salió volando, cayendo justo a mis pies. Sus ojos estaban abiertos, teñidos de rojo, y en ellos pude ver la súplica. Pude ver que hasta el último momento, estaba llamando a nuestro salvador. Rogando que nos iluminara.
Entonces me di cuenta de que él no estaba escuchando, que la batalla y el aullido de los diablos del norte eran más fuertes. Íbamos a morir y este era solo el comienzo, no solo nuestro monasterio, toda Inglaterra sería masacrada.
Con gritos aterradores, las cabezas y miembros comenzaron a estallar, llenando todo el suelo santo de sangre, viseras, y un ruego permanente.
Dios no estaba oyéndome, pero los demonios si y eso solo les causaba más diversión.
Espadas fueron clavadas, y aun así permanecí de pie hasta el último suspiro. No caí porque no quería tocar ese suelo bendecido por alguien que no nos había escuchado.
No caí porque no quería sucumbir ante el demonio. No caí porque el ruego eterno estaba allí, intacto, sin romperse.
Cielo, infierno, no importa donde fuera, porque ya no creí en ello. Solo deseaba que este solo fuera un mal sueño.
-K.A. Valdez
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