Desde pequeña tuve en claro que me casaría con un Azul, no había opciones al respecto.
El Azul y yo nos complementábamos, él era uno, yo era otra. Era lo obvio, lo natural. Quería al Azul, estoy segura de eso, y estaba feliz con esa naturaleza... pero un día ese Azul me rompió el corazón, entonces nos separamos.
La Magenta, mi mejor amiga, me cuido en todo momento. Ella estuvo ahí cuando ese Azul me lastimó, prometió que haría que dejara de doler.
Un abrazo y estaba bien. Una caricia y estaba bien. Un beso y... ¿Estaba bien?
Magenta derrumbó mi naturaleza, toda la vida había creído que me casaría con un Azul. O alguien parecido a él, ¿pero con una Magenta? Tomó mucho tiempo comprender ese sentimiento, quise a ese Azul, quería a esa Magenta.
¿Qué color era? ¿quién era el indicado? ¿qué era normal o lo correcto?
Decidí elegir con mi corazón y amar a mi querida Magenta... pero otra vez rompieron mi corazón y esta vez fue ella.
La última vez que había visto al Azul me advirtió que eso no era normal, que no era lo correcto, y que me lastimaría. Sí, lo hizo, ¿pero no lo había hecho él también? ¿quién era peor o mejor? Ninguno, ambos.
Fue un largo periodo en el que estuve confundida, sin rumbo, sin saber a qué color pertenecía. Había amado a ambos, ambos me habían lastimado por igual, ¿entonces que quedaba?
Un día llegó alguien y me dijo que podía estar en medio. No era ni un color, ni otro. Era ambos. Todos éramos ambos.
- Sabes, hay una gama entera de colores -dijo Lavanda-. Puedes elegir entre todos ellos. También puedes no elegir ninguno, y eso está bien. Pero si insistes en hacerlo, elígeme. Elige a esa Magenta, elige a ese Azul. Todos estamos bien, todos somos tú, y tú eres nosotros.
Entonces me escudé bajo su manto, me mantuve en tres líneas, tres colores, toda una vida.
Magenta, Azul, Lavanda. Ninguno, todos, pero siempre juntos, siempre correcto.
Porque era lo que había elegido mi corazón, no se equivocaba, y estaba bien. Siempre estaría bien.
Nacemos como seres rotos, incompletos e imperfectos. Vivimos una vida vacía intentando encontrar eso que falta, la última pieza. Algunos pasan toda su vida buscándola, otros la encuentran y la rompen, incluso la pierden. Sin embargo los verdaderos afortunados las guardan y protegen, las hacen parte de sí mismos. Se completan. Encontré mi pieza en el lugar menos esperado, el mar. Ella flotó a mi con tranquilidad, como si supiera cuál era su lugar, como si me conociera de toda la vida. No comprendí en ese momento que estaba completa, incluso antes de estarlo. Su existencia me llenó de vida, ya no estaba rota. Esa pieza grande y poderosa sonrió, se unió a mi y fui feliz. Tan malditamente feliz. Nacemos como piezas rotas, sí, pero se puede arreglar. Podemos arreglarnos. Hay otras piezas rotas en el mundo que no encajan en ninguna parte hasta que encuentran su forma en otro cuerpo, otro universo. Tengo mi pieza, mi persona, mi alma gemela. Apareció cuando menos l...
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