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VAMOS A JUGAR

 Estábamos en el recreo hablando boludeces cuando Juan salió con otra de sus grandes ideas de cazafantasmas.

―Che, ¿y si vamos al loquero? ―dijo.

―Ni loco, ¿te acordás cuando fuimos al campito a buscar al supuesto duende? Mi mamá no me dejó salir por una semana ―me quejé, harto de ser castigado por su culpa.

―Dale, dicen que hay cosas turbias para ver ―insistió―, tenemos que seguir cazando fantasmas.

― Vos sos el fantasma, Juan. Ya te dije que no y punto ―contesté dando por terminado el asunto.

 Pero Juan, mi mejor amigo, era demasiado persistente. Una semana después salimos para la escuela y en vez de entrar nos fuimos por la autopista directo al Loquero de Ezeiza, emocionados por ver algo. Le decíamos el loquero a un edificio a medio construir, muy deteriorado, una construcción aislada de la ciudad que no encajaba con las demás estructuras de Ezeiza. Era bien temprano en la mañana helada, el cielo todavía estaba oscuro y no veíamos nada más que las luces de los autos al costado de la ruta.

Juan se metió por un camino lleno de plantas y pasto largo. Lo seguí a los tropezones rogando que no saliera ningún bicho raro de la maleza.

―Dicen que una vez encontraron fetos y bebés muertos ―habló en voz baja, como si no quisiera que alguien nos oyera―, y que a la noche se escucha cómo lloran.

―Solo vos te crees esas cosas ―me burlé.

 Esquivando escombros y basura, llegamos al edificio abandonado. Entramos por una abertura del costado. Descendimos una rampa y Juan empezó a caminar por un túnel como si estuviera en su casa.

―Ya vas a ver ―dijo―, acá debe haber algo.

―Pará, Juan, que si vamos por cualquier camino nos podemos perder ―le grité, pero él no me prestó atención y marchó más adentro. 

 Cuando logré alcanzarlo, él estaba congelado en medio del túnel, mirando hacia adelante. Seguí su vista. Sólo escombros y oscuridad. De la nada, percibí algo. Quedé inmovilizado igual que a él. Supe que Juan no estaba mirando, sino escuchando. No estábamos solos: alguien lloraba.

―Yo te… te… tenía razón ―murmuró Juan―, los bebés muertos est… est… están acá.

―Si es una joda, es mejor que la cortes ―dije, temblando. El llanto se escuchó más fuerte ―. Juan, esto no es gracioso.

―Nos están llamando, quieren que juguemos con ellos ―dijo con la vista clavada en la nada, o eso quería pensar―. Lloran porque no queremos jugar…

 Juan sonrió. Su expresión había cambiado por completo, parecía ido. Quiso caminar más adentro y lo agarré del brazo.

―Cortala, dije ―reclamé―, nos vamos ahora.

 Tiré de su brazo pero él no se movió. Apuntó a la oscuridad con la otra mano. Miré donde señalaba y con horror detecté algo moviéndose. Los llantos se hicieron más fuertes y de las sombras salió una cosa de aspecto humanoide que se arrastraba hacia nosotros. Parecía un pedazo de carne blanca y podrida, le brotaba líquido por todas partes y su cabeza ―más grande que su cuerpo― estaba hinchada y morada.

No pude más. Lleno de pánico, corrí dejando a Juan atrás. No había dado ni diez zancadas fuera del túnel que tropecé y caí. Miré hacia mis pies: un feto clavaba sus manos a medio formar en mi pantorrilla. 

―¡Juan! ―llamé―. ¡Juaaan!

Mis gritos fueron cortados por llantos agudos. Más criaturas se arrastraban fuera del túnel. Parecían parásitos rodeándome.

Vi salir a Juan. Traía uno de esos monstruos en brazos. El líquido podrido manchaba su ropa. Mi amigo sonrió en medio del llanto de las criaturas.

―Ellos sólo quieren divertirse ―dijo―. Vení, vamos a jugar.




Cuo Cuo, "El Feto Fantasma" - Tian Guan Ci Fu





- Dezz.

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